Antes de cualquier prueba, hay una conversación: qué notó usted, desde cuándo, en qué situaciones del día a día aparece la dificultad y qué espera de la consulta.
La mayoría de las consultas llegan por una inquietud concreta: olvidos que se repiten, dificultad para sostener la atención en el trabajo, cambios en el ánimo o la conducta que la familia nota antes que la propia persona. El proceso está pensado para ordenar esa inquietud y llegar a un plan claro, sin pasos innecesarios.
Conversamos sobre el motivo de consulta, desde cuándo ocurre y cómo interfiere en la vida diaria. También se revisan antecedentes médicos, medicación y estudios previos. De esta charla sale una propuesta de evaluación ajustada al caso, no un protocolo fijo.
Se aplican pruebas estandarizadas de memoria, atención sostenida, lenguaje, funciones ejecutivas y velocidad de procesamiento. La selección depende de la queja inicial y del tiempo disponible. Puede requerir una o dos sesiones presenciales en consultorio.
Los puntajes se leen junto con la historia clínica, el nivel educativo y el estado emocional. Ninguna prueba se interpreta aislada. En esta etapa se define el perfil cognitivo y se descartan explicaciones que no se sostienen con los datos.
Se explica el resultado en lenguaje accesible, con fortalezas y dificultades concretas. El informe escrito queda disponible para la persona evaluada y, si corresponde, para el médico derivante. Se acuerdan recomendaciones y un posible seguimiento.
Cuando hay derivación de neurólogos, psiquiatras o médicos de cabecera, se coordina el envío del informe y los próximos pasos. Para casos de otra jurisdicción, el seguimiento puede hacerse de forma remota con la misma modalidad de trabajo.
Si todavía no tenés claridad sobre qué tipo de evaluación necesitás, podés empezar por conocer cómo se trabaja en el consultorio o escribir directamente para coordinar la primera entrevista.
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